Recogió los
informes sobre los asesinatos y el secuestro para llevarlos a casa de su
abuela. Fuera de la comisaría fue hasta su coche. Sacó del maletero la capa
roja que llevaba siempre. Era un regalo que su abuela le hizo de pequeña. Se la
ponía todos los días cuando vivía en el pueblo con su madre. Se la puso y se
hizo un selfie. Sonrió al mismo tiempo que subía la foto al Instagram
histories; escribió “No hay nada como cuidar a una abuela”. Cuando ya se había
alejado un poco se hizo otro selfie y lo subió acompañado de unas palabras “Ya
de camino a casa de la abu”. Confiaba en que el asesino cayera en la trampa y
se acercara a la casa. Así que siguió con el plan.
También les mandó unos WhatsApp a sus amigas -a las que seguían viviendo allí, claro- y les contó todo. Seguro que se apuntaban a esta “aventura”: sus amigas la ayudarían a cazar al malo. Las invitó a una fiesta falsa de pijamas en casa de su abuela y les pidió si podían subir alguna historia a las redes sociales diciendo algo sobre la fiesta para conseguir que al asesino le entrarán más ganas.
-
Chicas, necesito vuestra ayuda -Caperucita les explicó todo-
Os mando una foto de las chicas para que veáis como se parecen a mí.
-
¡Ostras, Caperucita, los líos en los que te metes!
-
Dios mío, ¿y todas están muertas?
-
Te ayudaremos pero ten mucho cuidado. ¿Qué tenemos que
hacer?
-
Solo quiero que estéis cerca de la casa y que si oís que la
situación se descontrola llaméis a la policía
-
¡Bien, cuenta con nosotras! Y si no llega a tiempo la pasma,
¡entro yo y le doy tal puñetazo que no se reconocerá en días!
Como todavía le
costaría llegar porque había decidido ir andando, les dijo que aparecieran
hacia la hora de comer. Por el camino se juntó con gente a la que conocía de
toda la vida. Se alegraban de verla tan bien y se sorprendían de saber que era
detective. «¡Cómo está el mundo, solo porque sea mujer ya decían que me iba a dedicar
a coser y cocinar! Pues ya ven que no», pensó Caperucita. Alguno se
escandalizaría, parecía que seguían en la edad media. El pueblo seguía igual
que cuando se fue. Nada había cambiado, salvo alguna fachada y la carretera,
las cuales estaban recién arregladas. Seguía siendo un pueblo con encanto a su
manera.
Se alejó del pueblo,
ya que la abuela vivía en medio del bosque. Cuando entró en el, se encontró con
Feroz, el lobo. Pero Caperucita no se asustó, pues le conocía desde que eran
pequeños.
-
¡Buenos días, Caperucita Roja!
-
¡Buenos días, lobo!
-
¿Adónde vas tan temprano, Caperucita?
-
A casa de mi abuela.
-
¿Y qué llevas en la mano?
-
Unos papeles y un pastel para mi abuela.
-
¿Dónde vive tu abuela?
-
Bosque adentro, a un buen cuarto de hora todavía, seguro que
la conoces - le explicó Caperucita.
-
¡Sí, la he visto alguna vez! - dijo el lobo
-
¿Entonces sabrás cuál es el camino más corto, no? - le
preguntó Caperucita
Entonces el lobo
pensó: «Esta niñata ya es mía, y su abuela también. Tendré que ingeniármelas
para pescarlas a las dos y así me vengaré de todos» Así que siguiendo con su
plan le dijo:
- Sí, es
el de la derecha y...Caperucita, fíjate en las lindas flores que hay por aquí.
¿No te paras a mirarlas? ¿Y tampoco oyes cómo cantan los pajarillos? Andas
distraída, como si fueses a la escuela, cuando es tan divertido pasearse por el
bosque.
Continuará...
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