La política es un
tema muy complejo y más en estos tiempos. Es muy difícil que todos estemos
completamente de acuerdo y no existe ningún partido que se acerque plenamente a
lo que uno piensa, siempre va a haber discrepancias. Pero una cosa es respetar
y exponer lo que se piensa adecuadamente, y otra hacerlo como lo están haciendo
los políticos de hoy en día. Por otra parte, hemos oído muchas veces en clases
de ética cómo las leyes no siempre recogen lo que es bueno moralmente, ni lo
que todo el mundo piensa. Si así fuera, no estaríamos en la situación política
actual, ya que lo que es bueno según la ética estaría ya pautado al ser
universal y nadie estaría en contra.
“El odio es una
pasión cuyo objetivo es el daño premeditado de otros”.
Esto lo dijo Paul
Guggenheim y está muy ligado a la enemistad política que actualmente se está
viviendo entre los partidos que se disputan el gobierno de todos los países. Lo
vemos en el discurso de Podemos y del PSOE o en los comentarios que dicen Hillary
Clinton y Donald Trump uno del otro en sus campañas. En vez de centrarse en lo
que deberían, que es en pensar que es lo mejor para los ciudadanos, se dedican
a enfrentarse unos con otros, viendo al otro como enemigo. Parecen haber
olvidado el motivo real por el que hacen lo que hacen. Lo que está claro es que
la indecisión política que se crea repercute en la situación del país e incluso
en los propios partidos. Hace incrementar la inseguridad y la desconfianza de
los ciudadanos y hace pensar que la política se ha vuelto innecesaria (después
de seis meses sin un gobierno como tal ni se ha notado su falta). Además, los
casos de corrupción que se han descubierto entre políticos resaltan el excesivo
poder que se les da hoy en día.
Otro tema que nos
intriga sobre la política es el hecho de que muchas de las leyes españolas
cambien cada vez que se cambia el partido que está en el gobierno. ¿Por qué no
se puede llegar a un acuerdo entre todos? Dejando el orgullo aparte, buscando
el bien común y llegando a unos mínimos que todos consideren claves para no ir
cambiando cada cuatro años. Hay países en lo que esto está superado y no
vuelven locos a los profesores con mil cambios en la ley educativa ni a los
trabajadores con reformas en la ley laboral. No obstante, hay leyes en las que
comprendemos que es difícil llegar a un consenso, por ejemplo, la ley del
aborto.
Los dos bandos
discuten año tras año si abortar es o no un derecho y se va cambiando de leyes
antiaborto a leyes proaborto. Estamos convencidas de que es necesario crear una
ley que regule esto pero, ¿qué implica realmente hacer una ley? ¿Para qué
crear una ley antiaborto por ejemplo si las personas van a seguir abortando
igualmente? No tenemos la respuesta a estas preguntas, pero lo que sí sabemos,
es que no se puede obligar a nadie a nada.
Como ya hemos dicho
antes, la ley no siempre recoge lo que es bueno, así que cada uno debe tener
criterio para saber qué está bien y qué está mal. Y ese es el problema en
cierto modo, porque si las cosas son buenas o malas según el criterio de cada
uno, no nos pondríamos de acuerdo nunca. ¿Para qué sirven las leyes entonces?
Si luego cada uno hace lo que quiere...
En conclusión, tal
y como señala el escritor y profesor de política Jan-Werner
Müller, “no han sido pocos los actores políticos que han querido utilizar al
otro para obtener beneficios electorales”. Parece una paradoja pero los
partidos elegidos democráticamente pueden acabar convirtiéndose en su propio
enemigo.
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